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Batallitas del abuelo

La conquista del Hill Country

Kandy-Ella

estación de tren de Kandy

Kandy, 8 de la mañana, Estación Central. Unas pequeñas ventanillas de madera, bajo un viejo cartel de horarios, hacen la función de taquillas. Nos dirigimos a la que se encuentra abierta. Varios mochileros, devoran ávidos su guías, buscando respuestas. Tras la minúscula ventana, un hombre con tupido bigote y vestido con un antiguo uniforme gastado, pronuncia la palabra mágica: "next". Avanzamos.

Somos los terceros. Nos aprovechamos de las respuestas que ofrece el funcionario a los turistas que nos preceden. El viaje hasta Ella durará 8 horas aproximadamente, y hay que realizar trasbordo en la siguiente estación. Los turistas que nos anteceden, optan por la Primera Clase. La diferencia con la segunda clase es ridícula, apenas 100 Rs. Sin embargo, algunos somos carne de cañón, y optamos por esta última. Esperamos que el contacto sea más cercano.

Con nuestros billetes en la mano, pasamos al andén, cubierto por una vieja estructura de metal y madera, del siglo XIX. Parece que aquí, el tiempo se hubiese detenido.

Un viejo tren aguarda. Los vagones, acumulan varias capas de un color granate, fruto de un repintado centenario. Ascendemos. El interior, está recubierto de ajados paneles de madera tachonados entre sí. Los asientos, con esqueleto metálico, están forrados de una especie de cuero negro, rajado por el uso. El espumillón amarillo asoma por los agujeros. El número de los asientos, pintado a mano, reposa desordenadamente sobre las ventanas de guillotina. Descubriremos que muchas de ellas ya no se cierran. Los portamaletas de madera, pronto estarán atestados de equipaje, y para que no falte detalle, un ventilador reposa en el techo con los cables al aire. ¡ Qué recuerdos !

vagón

El tren parte con puntualidad inglesa, y en media hora llegamos a la estación donde transbordaremos. Bastante más gente de la que habíamos partido de Kandy, se hacina en el andén. Un montón de turistas , con sus billetes de primera clase, empiezan a ponerse nerviosos. Se masca la tragedia.

Efectivamente, cuando el revisor grita el ¡ Viajeros al tren !, el caos se apodera del personal, y comienzan los empujones y pisotones... nadie sabe cuál es su vagón. Nosotros, aguardamos hasta el final, esa no es nuestra batalla. Como era de esperar, no hay asientos para todos. Nos dirigimos al vagón restaurante, y ajenos al desorden, nos sentamos en una de las mesas y pedimos un té.

En mitad del vagón , una especie de estructura de madera, conforma un habitáculo acristalado, donde preparan las viandas, y las bebidas. Varios hombres con sonrisa imperecedera, componen la tripulación de esta especie de bar-restaurante con cuatro mesas. Nos sacan un bebedizo dulzón, no demasiado translúcido, aunque no tiene mal sabor. Durante el viaje, pediremos un cacao, y un par de cafés... pero siempre nos sacarán el mismo brebaje,eso si, con una inmensa sonrisa..

Tras el caos inicial, y habiéndose puesto el tren en marcha, parece que la situación se relaja. Sentados en una pequeña mesa, vemos a algunos viajeros rezagados, buscando un sitio en el que sentarse. La división entre turistas y foráneos, es más que evidente. Terminamos el aguachirri, y tratamos de encontrar sitio, en cualquier vagón. El viaje va a ser largo, o no.

parada de tren de nawalapiya

De vuelta en el vagón restaurante, cogemos sitio y pedimos café esta vez. Unos panes, que exteriormente parecen bollos suizos, llaman mi atención. Pido dos, y ...¡ Sorpresa !, no son dulces. Se trata de panecillos rellenos de carne y una especie de pisto muy picante. No es lo que esperábamos, pero están deliciosos.

Somos los únicos extranjeros que frecuentamos el garito, hasta que irrumpe un nutrido grupo de alemanes. Se sientan, piden varios cafés, y una montaña de bollos. Alguien ha cometido el mismo error que nosotros. Cuando se dan cuenta del error, tratan de protestar , pero la camarilla de la eterna sonrisa los despacha con amabilidad. Los alemanes, con gesto de desagravio, abandonan el vagón y los bollos. Estos últimos, probablemente, volverán a venderlos. Aquí no se tira nada.

Nos hemos hecho fuertes en el vagón-restaurante. Aquí hay mas espacio, y nos movemos libremente. Las 4 mesas van rotando a la hora de la comida, y la confianza con los lugareños aumenta, gracias a nuestra buena disposición al cederles el asiento para comer.

madre con niño

El primero en romper el hielo es un policía, al que parece que le hemos caído simpáticos. Nos hace las preguntas de rigor en perfecto inglés, entablamos una pequeña conversación, y nos regala sus mejores deseos para que disfrutemos del viaje por su gran país.

La curiosidad aumenta a nuestro alrededor, y se empieza a respirar una cierta camaradería. La gente comienza a relajarse, y a ofrecernos comida. Algunos, nos señalan las cosas que no debemos de perdernos a través del cristal. Montañas, cascadas en la lejanía, pueblos perdidos, campos de té... ya no pasarán inadvertidos de nuestra mirada. El paisaje es embriagador y no puedes dejar de mirar, es como si el hombre no hubiese pasado por aquí.

El tren recorre la única vía despacio, lo que nos permite, prácticamente, ir fuera del vagón y sentir como el aire nos acaricia la cara. En algunos tramos, hay que esconder la cabeza. La vegetación golpea el tren, formando una especie de túnel natural.

viajeros

El tren, sin prisa, va desgranando el camino. En cada estación, suben y bajan viajeros. Los que abandonan nuestro vagón, se despiden de nosotros con una gran sonrisa deseándonos buen viaje , y alguno nos emplaza para vernos en el viaje de vuelta.

Al cabo de séis horas aproximadamente, nos detuvimos durante casi media hora, en una estación, de cuyo nombre no logro acordarme. Nos explicaron que estábamos esperando al tren proveniente de Ella, para poder pasar en aquella dirección, ya que sólo hay una vía, y allí era donde se hacía el cambio. ¡ Qué grande !

Una hora después, habíamos llegado a Ella. Nos despedimos, entre risas, de los camareros, que habían ido adquiriendo un ligero estado de embriaguez, mientras jugaban a las cartas cuando no era la hora de las comidas. El viaje no había resultado tan largo, y el contacto con la gente en el tren, nos había regalado un trocito de la verdadera Sri Lanka. Habíamos satisfecho nuestra recíproca curiosidad, y la experiencia quedará grabada para siempre, a lado de las increíbles imágenes del Hill Country. estación de Kandy

No os perdáis esta experiencia.

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